onsdag 8 april 2026

La guerra de dos frentes

La guerra de dos frentes La mujer de Occidente se enfrenta a un gran dilema: ninguna fuerza política contemporánea representa sus intereses. Un bando quiere abolir sus derechos, el otro quiere abolir su nombre. La derecha conservadora quiere suprimir sus derechos al aborto, a la sexualidad y a la libertad de movimiento. La izquierda liberal, por su parte, cree que no hay mujeres, quiere abrir los deportes femeninos y las cárceles de mujeres a los hombres, y ha iniciado una marcha por los documentos públicos con el objetivo de eliminar la palabra mujer y sustituirla por, por ejemplo, “cuerpo menstruante”. El reciente intento de eliminar la palabra mujer de la ley sueca del aborto -afortunadamente frenado- es sólo un ejemplo. Estos bandos se enfrentan con toda su fuerza en lo que se suele denominar la ”guerra cultural”. Un término bastante raro, porque ¿qué tiene que ver la situación de la mujer con la cultura? De hecho, lo que existe es más bien una guerra de los sexos, pero muy extraña, en la que la mujer no juega un papel de protagonista sino más bien instrumento político, chivo expiatorio, excusa o blanco. Al mismo tiempo, la situación política del movimiento feminista no ha sido peor desde hace mucho tiempo. En uno de cada cuatro países, la situación de las mujeres se deterioró en 2024, según informa ONU Mujeres. Tres de cada cuatro políticos en el mundo de hoy son hombres. Para describir la situación, Clara Berglund, ex presidenta del capitulo sueco del Lobby Europeo de Mujeres, ha acuñado el término " guerra de dos frentes". Es una descripción perfecta de la situación, en la que las mujeres se encuentran entre la sepada y la pared. Un frente es conservador y defiende que la mujer sea sometida a su marido y la religión; el otro es neoliberal y defiende que la mujer sea sometida al mercado y "utiliza la retórica feminista para defenderlo", como ha escrito Berglund. La derecha conservadora ha ganado un enorme impulso en todo el mundo y el fundamentalismo está avanzando en la mayoría de las religiones. Celebra a las "tradwife" y ya ha cosechado éxitos como la prohibición del aborto en Polonia y la anulación del caso Roe contra Wade en Estados Unidos. En Internet, toda una generación de varones está siendo educada en el pensamiento patriarcal del podcaster – como Andrew Tate e otros. La mujer que se aventura al Internet para debatir se encuentra con un ejército de incels misóginos que le exigen que vuelva a la cocina. Hace diez años esto era impensable; ahora cuentan con el respaldo de los políticos más poderosos del mundo. El liberalismo progresista se proclama enemigo de la derecha, y defensora de los "derechos para todos". Sólo hay una cosa extraña: se niega a pronunciar nuestro nombre. Aquí la mujer no es un sujeto político, un sexo oprimido, sino una "persona cis" privilegiada (siempre blanca) que debería pedir perdón por su existencia. El 8 de marzo de 2025, muchas organizaciones de Occidente aprovecharon el Día de la Mujer para declarar que, desde luego, las mujeres no debíamos pensar que ese día era sólo nuestro. La organisación de academicos liberales de Estocolmo (Liberala Studenter Stockholm) no tenía ni una sola reivindicación concreta para mejorar la situación de las mujeres, sino escribió: "Todas las mujeres merecen respeto, con útero o sin él... Las mujeres trans son mujeres. Cuestionar su existencia o fijarse en detalles como partes del cuerpo, va en contra de los valores fundamentales tanto del liberalismo como del feminismo". En suma, la guerra de los dos frentes ha tenido un efecto devastador sobre el movimiento feminista en Occidente, que en sólo diez años ha sido prácticamente aniquilado como movimiento vivo de base - con España y algunos otros países como excepciones. En Suecia, hemos tenido cierta inmunidad gracias a nuestras reformas de igualdad de género, pero incluso aquí están empezando a ser erosionadas por el lenguaje neutral. La violencia machista se empieza a llamar ”violencia domestica” y el femicidio ”asesinato”. Ambos bandos no sólo se oponen al feminismo, sino que ni siquiera reconocen su existencia como ideología independiente. A los ojos de la derecha conservadora, somos "marxistas culturales" y responsables del declive de la sociedad. A los ojos de la izquierda liberal, somos "derechistas" y "excluyentes" si nuestro foco no está en en hombre y cómo compacer sus cambios de identidad. Ambos nos acusan de ser el otro bando. Ninguna de los dos reconoce el feminismo clásico como una posición ideológica propia y autónoma. Esto hace que sea casi imposible debatir la cuestión de la mujer. Basta con intentar decir "Las mujeres tienen derecho al aborto" y un bando gritará "¡asesina de bebés!". y el otro "¡no sólo las mujeres abortan!" Ante esta guerra en dos frentes, algunas feministas se han sentido obligadas a elegir bando. A las que se decantan por la izquierda liberal se les permite una relativa libertad de movimiento siempre que no se organicen como mujeres y den prioridad a otros grupos. Su papel en el movimiento se vuelve casi maternal: cuidar y nutrir a todos los demás, pero sin pensar en sí mismas. "No importa", puede pensar la mujer progresista y generosa, "después de todo, ¿qué es un nombre?" La respuesta es que un nombre lo es todo. ¿Qué sería Black lives matter sin la palabra Black? Nada más que un All lives matter adulteradoy sin sentido. Todo grupo oprimido necesita conocer su nombre, porque sin un nombre no puede organizarse. Sin un nombre, el grupo oprimido existe “en sí” pero no “para sí”. citando a Marx. Así, si se quita la palabra "mujer", se quita la posibilidad misma de luchar y, en consecuencia, no se puede organizar contra los ataques de la derecha tampoco. La indefensión del movimiento de mujeres sin su nombre queda patente en el caso de Polonia, país que recientemente ha aprobado las leyes sobre el aborto más estrictas del mundo. Como describe la feminista polaca Magdalena Grzyb en su artículo ”Did the Woke Movement Hijack Feminism in Poland?” (Illiberalism, 22 September 2022), antes las mujeres polacas habían salido en masa a defender sus derechos. Pero en 2020, el movimiento pro-derechos había sido apropriado por liberales progresistas cuyo principal argumento era que el aborto no era una cuestión de mujeres. El líder del movimiento era un individuo no binario que quemó un coche y terminó en la cárcel, haciendo un gran escándalo por el hecho de que estaba en una prisión de hombres. Los conservadores pudieron fácilmente tachar a los antiabortistas de friquis, el movimiento de masas no llegó a materializarse y el aborto fue severamente castigado, cobrándose la vida de varias mujeres. Del mismo modo, en Estados Unidos, Planned Parenthood, la mayor organización de derechos reproductivos del país, apenas menciona ya a las mujeres. En su lugar, hablan de cómo la prohibición del aborto afecta a las personas LGBTI y a las comunidades racializadas y marginadas. No es casualidad que, al igual que nuestro nombre se ha convertido en tabú, también se hayan recortado nuestros derechos. Y recientemente, doscientas organizaciones firmaron una petición contra la relatora especial de la ONU sobre la violencia contra la mujer, Reem Alsalem, por hablar de sexo -mujeres y hombres- en lugar de género. También hay feministas que se han cansado de esto y han abandonado, o han sido excluidas, de la izquierda y el liberalismo. En cambio, han sido recibidas con los brazos abiertos por la derecha, lo que les ha llevado a abrazar políticas de derechas también en otros ámbitos. Son varias las conocidas feministas occidentales que eran socialistas hace diez años y ahora votan a Trump o su equivalente. De forma lenta pero segura, su pensamiento político está empezando a derivar hacia la derecha: ”libertad” significa la ausencia de estado, los migrantes son malos, e incluso la retórica en torno a los derechos de las mujeres está empezando a cambiar de forma: ya no es el feminismo sino el sentido común lo que está en el foco, no la liberación sino la decencia. Como consecuencia, la cuestión de la mujer se subordina a otras ideologías políticas y deja de ser una fuerza independiente. Esto es lo que resulta tan devastador, porque la cuestión de la mujer es transversal a todos los partidos políticos, países, edades y orígenes. La cuestión de la mujer existe porque existe la mujer. No somos una minoría, somos la mitad del mundo. Todos los seres humanos que han existido han nacido de una mujer. Su sexo sigue siendo el factor principal que determina cómo será la vida de una mujer, en la mayoría de los países del mundo. No es, exactamente, un detalle.